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domingo, octubre 26, 2008

La niña bonita

Recuerdo que no fue fácil, a veces esas cosas parecen ser inalcanzables, pero yo nací enmantillado, soy perseverante y tengo labia, así que después de muchos intentos y de usar distintos artilugios de conquista, haciendo uso de un esfuerzo titánico, lean y observen lo que logré.

En aquellos no tan lejanos años setenta, los muchachos de la esquina de Santa Rosalía, en el Centro de Caracas, teníamos como actividad lúdica y cultural, un grupo de lectura, era la década de los hippies, y se estilaban este tipo de cosas, saben amor, paz y cultura.

Los artífices de este grupo fueron mis queridos y admirados amigos: Nelsón Boscán, que ahora es un muy reconocido artista plástico, Eduardo Graterol, ahora médico anestesiólogo y Juan Bautista Borrelli, Abogado y profesor universitario, eran los mayores del grupo y nosotros, que éramos un poco más jóvenes que ellos, los seguíamos e imitábamos por el buen ejemplo que ellos nos daban.

La dinámica del grupo era más o menos así: Ellos, los grandes, durante la semana preparaban el material que les resultase interesante y apropiado, luego, el sábado lo leíamos y discutíamos todos juntos, esto lo hacíamos en un salón que nos prestaba el Colegio Parroquial Santa Rosalía, donde algunos de nosotros habíamos sido alumnos. Nos asomábamos a temas variados, así hablábamos de filosofía, religión, ciencia, arte, literatura, poesía, política y a veces hasta nos adentrábamos en las profundidades filosóficas de Mafalda.

Esta era una manera perfecta de aprovechar dos horas de las mañanas ociosas de los sábados, yo particularmente capitalicé estas reuniones de manera importante, pues aún conservo en mi memoria algunas de las cosas que se discutieron en ese recinto de sabiduría juvenil. Ya desde aquel momento aprendimos que la mejor manera de aprender y divertirse era leyendo.

A los meses, esta actividad grupal traspasó los límites del Colegio Santa Rosalía, apareció gente que se mostró interesada en participar y que terminaron inscribiéndose. Bueno, esto no quiere decir que se hacían filas de gente, ya que este precisamente, no es el tipo de actividad que aglutina a muchos, pero al menos, en aquel momento ingresaron cinco o seis personas mas.

Estos nuevos participantes le dieron una atmósfera diferente a las reuniones, gente fresca e interesante que nos hizo sentir un repentino crecimiento de la familia cultural. Ahora siendo bien honesto, los nuevos que llegaron no me afectaron en lo mas mínimo, si no fuera, porque entre ellos apareció alguien muy especial, que desde el primer instante, me robó toda la atención, no lo puedo negar, Patricia fue la verdadera razón para que las cosas se pusieron realmente interesantes.

Patricia se convirtió en un dolor de cabeza para todos, ninguno de los muchachos del grupo le podía ser indiferente, no hacían más que verla a ella y babearse, incluyendo a los mentores y por supuesto yo el primero.

Es que Patricia era bonita, flaquita, catirita, con los ojos azulitos, estaba siempre de punta en blanco, elegante como solo ella sabía ser, siempre maquillada, combinaba zapatos y cartera que contrastaban de manera calculada con el resto de su estupenda vestimenta, imagínense que hasta usaba lentes de sol, era todo un derroche de clase y glamour. Patricia era dueña de un cuerpecito tan extraordinario, que cuando se ponía de perfil, yo, sin querer ser descarado, fijaba la vista allí, precisamente en el objeto del deseo, ustedes saben a lo que me refiero ¿no? E inmediatamente era preso de una ansiedad casi incontrolable, que me producía un erizamiento primitivo en los bellos de mis brazos, unos escalofríos que hacía que me estremeciera, al rato se me pasaba pero se repetía nuevamente cada vez que Patricia se ponía de lado.

Cada sábado era una aventura, a la que acudía con gran entusiasmo, no voy a negar que durante un tiempo la lectura y el conocimiento fueron mi principal motivación para asistir cada sábado, pero Patricia pasó a liderar las razones de la gran alegría que me producía el acudir al rito de la exaltación del romance. Y no era para menos, pues estaba en la edad, se imaginan el gran trabajo que tenía que realizar para contener a ese montón de hormonas luchando por desbocarse.

Claro, al final se me metió la idea entre ceja y ceja y al poco tiempo ya había preparado un plan concebido fríamente para conquistarla. Entre la estrategia, por ejemplo, recuerdo que nunca entraba al salón primero que ella, así al descuido, como si fuera fruto de la casualidad, me la encontraba afuera y esa era la mejor excusa para entrar juntos y sentarme cerca de ella.

Una de las actividades principales del grupo, era la participación activa al momento de leer. Así que a cada uno de nosotros nos tocaba hacerlo y cuando era mi turno, para llamar la atención y hacerme notar, en vez de leer normalmente, lo hacía imprimiéndole gran pasión y gesticulación a la lectura, declamaba en vez de leer, logrando atrapar la atención de los asistentes, incluida la niña bonita, quien era la que realmente me interesaba.

A veces Patricia me resultaba un poco inalcanzable, la veía como una cortesana extranjera, que había llegado para inquietarme y lograba su objetivo con mucha facilidad, aunque en el buen sentido de la palabra, yo disfrutaba inquietándome.

Aunque casi siempre me sentaba alrededor de ella, me costaba un montón acercármele, tal vez era el temor a perderlo todo antes de tenerlo o al menos de perder la oportunidad de tenerlo, no quería que se me vieran las intenciones tan pronto.

Parte del plan que había en mi mente retorcida, era mostrarme un poco inofensivo, para ganarme su confianza y así lo hice. Como todo un delincuente de la peor calaña, oculté mis verdaderas intenciones de conquistarla, y con paciencia mineral, seguí el cortejo simulado y poco a poco logré atraparla en un juego de estrategia militar, donde yo iba conquistando el objetivo final, a través del triunfo en las batallas pequeñas. Sábado a sábado, me presentaba con regalos sin valor económico, pero que eran capaces de generar un gran impacto emocional-hormonal. Le daba estos regalos como si fueran el fruto de la mas espontánea casualidad y como si nada, metía la mano en mi mapirito y… ay!!!… me encontré un Toronto, te lo regalo Patricia y ella quedaba prendada y con los ojos brillantes de tanta emoción, igual hacía con un cambur, una galleta Susy, un llavero con el símbolo de la paz, una pulserita de cuero, un caramelo de maní.

El plan empezó a funcionar, empecé a ganar su atención y su simpatía, era evidente que prefería estar conmigo que con cualquiera de los otros zagaletones que compartían las lecturas con nosotros, esto me resultaba muy emocionante y agudizaba mi estímulo por la conquista.

Reconozco que por tratar de asegurarme tanto, casi se me pasa el conejo en el asador, así que decidí, analizando fríamente el riesgo a perderlo todo, lanzarme y finalmente invitarla al terminar nuestra sesión de crecimiento cultural a través de la lectura, a tomarnos una Colita Golden, en la intimidad de la mesita del rincón de la Lunchería El Marino, al frente de la iglesia. Sin darme cuenta incurrí en un gran error, que implicaba un gran riesgo, pues el nivel de Patricia, no concordaba en lo absoluto con lo rupestre del sitio a la que la había invitado, pero contra todo pronóstico, la bella damisela, se desprendió de su alcurnia principesca y entonó un sonoro “ay si, que chévere”. Así que la inalcanzable Patricia, se ponía al nivel de este simple mortal, aceptando su simple invitación. Cosas así de sencillas, pero menos ordinarias, repetimos juntos cada sábado, claro hasta que llegó el momento lógico y natural de tener nuestra primera cita formal.

Así que decidí invitarla a salir, pero no al terminar la sesión de “read and be happy”, sino luego, en la tarde. Una salida que implicara buscarla a su casa, y ella aceptó contenta. Era posible que ocurriera algo, si las cosas seguían así, pensaba yo. La aceptación de la invitación desencadenó una verdadera brain storming unilateral, pues todas mis neuronas se pusieron a trabajar de inmediato en la planificación de lo que haríamos y a donde la llevaría, para impactarla de manera radical y determinante y dar la estocada final en mi intención de conquistarla definitivamente para mi.

En mi mente hiper-activada por las hormonas de mis 18 años, las ideas se generaban a gran velocidad, produciéndome un poco de intranquilidad, pero después de un rato ya tenía el plan perfecto. Así que le pedí a mi mamá aquella botella de Champaña Brut, que reposaba en el fondo de la vitrina, esperando una ocasión perfecta que justificara regodearse en sus burbujas, la puse en la nevera, para que estuviera lista a tiempo. Le pedí también dos copas de las buenas, las de cristal de roca, que sonaban como campanas. Las lavé con detenimiento y luego las pulí dejándolas listas para el encuentro del amor. La idea era tomárnosla en el mirador de la Cota Mil, sentados en el capó del Opel Rekord de mi papá.

El plan también incluía una visita a la fuente de soda del CADA de Los Chaguaramos, donde vendían las mejores hamburguesas de la época en Caracas, con unas papas fritas increíbles. Luego el cenit del romanticismo: ir al Crema Paraíso de Altamira y compartir un buen Banana Split con tres bolas de chocolate y terminar en la Boliteca de Bowling de la Florida. Mejor imposible

Quien sabe, soñaba yo, si después de todo este plan tan maravilloso, hasta fuera merecedor de un gran beso en la boca, eso sería el mejor broche de oro, para un día muy especial. La verdad es que pensar en esto me producía un amuñunamiento generalizado de todos los nervios del estómago.

Ese sábado en la mañana, ella estaba radiante, y yo en un estado máximo de imbecilidad absoluta, contemplándola, absorto, ausente y con una infinita cara de pendejo, la miraba descaradamente, ella me veía con el rabito del ojo y me medio sonreía con picardía. Indudablemente era el preludio de algo maravilloso que seguramente ocurriría mas tarde.

Ese día la lectura que nos ocupó era del libro El Arte de Amar de Eric From, yo pensé para mis adentros, que premonitorio, por Dios, pero al adentrarnos en la lectura descubrí que no tenía nada que ver con el estado romántico catatónico en el que me encontraba yo.

No se porque retengo tantos detalles de esta aventura de amor, recuerdo que ese día me puse mis mejores jeans Lee, que me encantaban, y la camisa verde oliva de los boys scouts italianos, que me había traído mi hermano de Italia, con sus emblemas y el slogan en el bolsillo “sempre presto”, mis US Keds y aunque era muy improbable que me los fuera a ver, me puse un interior nuevo, regalo de mi mamá, tenía estampadas unas hamburguesas que me parecían muy simpáticas.

La hora indicada, la 4 de la tarde, siempre he pensado que esa es la hora mas bonita del día, esa es la hora precisa en la que empieza el amor. El préstamo del Opel de papá ya estaba negociado, además el carro estaba lavado y perfumado, de punta en blanco. Así que yo bañadito, emperifollado, perfumado y con mi pelo largo al aire, me dispuse a mi viaje al encuentro con el amor.

Salí con suficiente tiempo, había llovido y no quería arriesgarme a llegar tarde, iba despacio para no ensuciar mucho el carro, pues aunque ya había escampado, había llovido bastante y las calles estaban empapadas. Iba como un vencedor, sentía que tenía el mundo a mis pies, a veces el romance nos hace sentir grandes y poderosos y así me sentía yo en ese momento.

Siguiendo la ruta preconcebida, iba rodando por la Av. Libertador, para llegarle a través de la Av. Los Jabillos, a la Av. Andrés Bello, por los lados de la Chiquinquirá, para desde allí rodar las escasas dos cuadras que me faltaban para llegar a donde ella me esperaría.

Rodaba lento, quería, desde la distancia regodearme con su figura y empezar a analizar sus reacciones, posición y desplazamientos. Allí estaba, en el portal del edificio, y se veía muy pendiente, pues apenas me vio, se sonrió ampliamente y se empezó a desplazar al borde de la acera, estaba increíble, tenía unos pantalones blancos, de tela de sábana que dejaban ver a través de su ligera transparencia, la ropa interior, lo que resultaba ser una imagen muy interesante y porque no decirlo, muy estimulante. Lo recuerdo todo muy claro. Llevaba una camisa anaranjada, tipo hindú, que le daba una apariencia casual, llevaba el pelo suelto y unos lentes Rayban que le daban un aspecto de estrella de Hollywood.

Como en cámara lenta y en perfecta sincronía nos acercábamos los dos a un punto intermedio, donde en un instante convergeríamos, la percibí como una bella y elegante gacela, sorteando con gracia los charquitos que había dejado la lluvia, teniendo mucho cuidado de no ensuciarse ni sus zapatos ni su pantalón.

Yo me sentía en el Paraíso, estaba seguro de que nada podía opacar la intensidad del momento. Pero en un solo instante, esta película de amor, se convirtiera en un cuento de terror inimaginable, pues al llegar, vi como de la nada, mi adorada Patricia, la niña bonita, quedaba absolutamente bañada por el agua marrón y nauseabunda, del charco que había en el borde la calle y que yo mismo había pisado con la rueda de carro.

Y aún como en cámara lenta, observé con cara de asombro, como ella se veía a si misma de arriba abajo, apreciando su deplorable estado, sin darse tiempo para nada, me vio con la peor cara de odio asesino que había visto en toda mi vida, se dio la vuelta y se fue sin despedirse. ¿Me creerían si les digo que mas nunca en mi vida volví a ver a Patricia, la niña bonita?