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viernes, abril 01, 2011

Woodstock, amor y pollo frito


Yo perdí la cuenta, pero fueron un montón las veces que vimos la película del festival de Woodstoock, seguramente mi gran amigo Williams Sarmiento recuerda cuantas fueron, pues siempre fuimos juntos. Íbamos inspirados al cine, como si asistiéramos a un rito sagrado de adoración a nuestros ídolos, a los que admirábamos con fervor casi religioso. Cada vez que veíamos la película, descubríamos algo nuevo que no habíamos visto antes, lo que nos hacía quedar con ganas de volver a verla. Conocíamos todas las bandas y sus integrantes, nos sabíamos las letras de sus canciones, que cantábamos libremente en el cine y a gañote batiente, claro, intentando no sobrepasar el volumen de los altavoces del cine para no molestar a la audiencia.

3 días de paz y música, ese era el eslogan que en pleno agosto del año 1969 se hizo realidad. El evento se convirtió en la quintaesencia del rock y la psicodelia, erigiéndose como emblema del movimiento hippie mundial, del haz el amor y no la guerra, de los pelos largos, de las camisas hindúes con colores vivos, de las sandalias de cintas de cuero y de las bandanas. Fue una época muy bonita, se practicaba el amor libre, bueno, nosotros todavía no. La gente se enamoraba locamente del amor, las flores y el símbolo de la paz eran los iconos del momento. La gente podía bailaar sin música y sin importar donde, girando sobre sus pies, felices sonriendo con los brazos abiertos viendo al cielo.Hacían además otro montón de cosas que ahora casi nadie es capaz de hacer sin que se le caiga la cara de vergüenza.

Fue una época que disfrutamos mucho, todos nosotros nos sentíamos un poco hippies, aunque no éramos muy libres de serlo, pues a nuestra edad, las madres tenían un gran poder y hacían que nos bañáramos muchas mas veces de las que necesitábamos y deseábamos, logrando con este exceso de higiene y antisepticismo alejarnos del movimiento romántico que tanto admirábamos y queríamos emular.

Las últimas veces que vimos la película Woodstock, poco antes de que la retiraran definitivamente de las carteleras, fue en el cine Terepaima, nuestro cine favorito, a donde íbamos en nuestra transición entre infancia y la pubertad, momento que ahora que soy papá de un mozalbete de 17 años reconozco como muy difícil.

El cine quedaba por las esquinas de Dolores o Mamey, cerca de la escuela Francisco Pimentel. Definitivamente este era nuestro cine, su dueña, una señora muy amable, siempre estaba pendiente de nosotros, nos trataba como a unos sobrinos, y mostraba su cariño malcriándonos. Esta familiaridad nos permitía eventualmente sacarle un fiado, que luego nunca nos cobraba, por mucho que insistiéramos, por eso muy pocas veces lo hicimos, pues nos daba vergüenza. A veces íbamos un montón de muchachos juntos, sobre todo los lunes populares, recuerdo que estas ocasiones armábamos mucho barullo pero ella no decía nada, como cualquier tía alcahueta.

Recuerdo al señor de la linternita que al apagarse las luces, iluminaba pasillos y butacas, para evitar tropezones, nosotros le decíamos “Lucecita” como el nombre de una famosa novela con José Bardina y Marina Baura que habían visto nuestras madres unos años atrás y él como represalia nos apagaba la luz, dejándonos desorientados en la penumbra, y se retiraba diciendo Lucecita será tu mamá, cosa que no nos hería en absoluto, sino todo lo contrario, nos daba mucha risa. Estoy seguro de que en el fondo “Lucecita” nos apreciaba de alguna manera, pues le alegrábamos la vida monótona de iluminador de salas de cine, cosa que en aquellos días considerábamos toda una profesión.

Esa época estuvo muy llena de vivencias que recuerdo con alegría, cuando cumplí los 16 y siguiendo las órdenes de cortejar que nos dan las hormonas, me empaté con una chica bellísima, muy simpática que iba dejando alegría por donde pasaba y aún lo sigue haciendo y que no nombraré por respeto a su privacidad, aunque si ella me deja la cito (¿Pillaste niña?). Bueno, el caso es que este amor primerizo nos dejo un montón de experiencias bonitas, algunas no se pueden contar, otras si. Hoy me atreveré a contarles una que me parece muy simpática.

Durante ese noviazgo amateur, algunas noches los muchachos de la cuadra íbamos al cine Terepaima, y yo haciendo caso omiso de aquella famosa ley de la geometría que dice que la distancia mas corta entre dos puntos es la línea recta, los convencía para que me acompañaran a ir por un periplo ilogicamente largo, para así, poder pasar un momentico por la casa de mi novia; ella vivía en el Edificio Nona, que está un poco mas abajo de la esquina del Hoyo en el centro de Caracas. Al llegar al frente del edificio nos poníamos debajo de su ventana que estaba en el tercer piso, y yo, que nunca aprendí a silbar le decía a uno de mis amigos, “chamo echate una silbadita allí”, emitido el agudo sonido, ella se asomaba a la ventana con su sonrisa encantadora, y a esa distancia de tres pisos, mirándonos fijamente a los ojos, sin tener ningún reparo ni vergüenza, nos decíamos todas esas cosas bonitas que solo se saben decir los enamorados primerizos, luego ella con mucho cuidado me bajaba por la ventana, amarrada a un pabilo, una bolsita de papel marrón, de las del abasto, con una meriendita para el cine, luego nos despedíamos lanzándonos todos los besos del mundo, yo caminaba de espaldas para no dejar de verla ni un solo instante y hasta perderla de vista, logrando con esto hacer que mis amigos se burlaran de mi, pero como yo estaba muy enamorado no me importaba nada, solo me importaba ella.

Con el tiempo esto se convirtió en un ritual, que me hizo dudar de cual era la verdadera razón de ir al cine. La repetición de este evento tan romántico curó de espanto a mis amigos, haciendo que ya dentro del cine, ninguno se sorprendiera, aunque si me envidiaran cuando yo, en el reino de las cotufas, los pistachos, los manís y las Carlotinas, orgulloso y con los ojos brillantes de emoción, abría mi bolsita marrón voladora y sacaba de ella un riquísimo gran muslo de pollo asado y un cambur que me comía con gran placer. ¡Cosas del amor!

5 Comments:

Blogger Rosa said...

Te imagino comiendo pollo en el cine, que comico y único.
Nada como la música de Woodstock, mis favoritos Crosby, Still, Nash and Young

7:54 p. m.  
Blogger Frank said...

Una nota volver a leerte! y una vez más, un cuento placentero...Saludos y no te pierdas.

9:39 p. m.  
Blogger Oswaldo Aiffil said...

Jajajaja, muy bueno el cuento Michele! ¿Sabes algo? Yo he visto el edificio de ese cine (aún no lo han derribado). Está ubicado en tierra de nadie (a.k.a. reino del hampa). Siempre, cuando paso via Quinta Crespo Market, me había preguntado cómo se llamaría en sus tiempos porque no tiene el nombre grabado en ninguna parte. El de mi infancia se llamaba "Jardines" y lo derribaron hace unos doce años. Cuando lo vi en ruinas no pude sino llorar recordando los buenos momentos con mis amigos allá adentro. El dueño era un español llamado Lorenzo, cómplice como ninguno, escondido en su severidad. Cuando habían pornos o "Clase C", nos acercábamos ya comenzada la función y le decíamos "...coño Lorenzo, yo...", y el contestaba "pasa rápido chaval, que nadie te vea". Y ese fue nuestro primer contacto con el sexo, jajajaja. Dios guarde a Lorenzo, allá en el cielo. Un grosso abbraccio Michele!

3:53 p. m.  
Blogger isabe said...

http://www.flickr.com/photos/er_migue/5372664971/

9:57 a. m.  
Blogger Negrita said...

Jajajaj me encanto tu post Miguel. A mi no me dejaban entrar a ver esa pelicula porque era censura B, para mayores de 14 años! pero tenia el disco y lo debo de haber oido al menos mil veces! Todavia recuerdo la caratula con gran claridad!
No te pierdas!
Matilde

4:44 p. m.  

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