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jueves, septiembre 18, 2008

Mi bicicleta


Hay holandeses que aman a sus bicicletas hasta con pasión, para ellos la bicicleta es como una extensión de su propia humanidad, las cuidan, las engrasan, las limpian y las mantienen, algunos a veces hasta llegan furtivamente a acariciarlas. Muchos holandeses podrían, haciendo una analogía a la bis conversa de aquella famosa frase, decir: Debajo de mi sombrero, yo. Y debajo de mí, mi bicicleta, que aunque suena raro es cierto.

Yo como me encuentro en el proceso permanente de integrarme, en todos los sentidos a la cultura holandesa, puedo decir sin temor a exagerar mis sentimientos, cosa que en mi es casi natural, que quiero a mi bicicleta, aunque no con pasión holandesa, yo sólo le tengo un poco de cariño, saben, es que eso de estar queriendo a una cosa con ruedas y manubrio me parece un poco raro. Aún así, ella siempre está al pié del cañón, me transporta todos los días, desde mi casa a la estación de tren y claro, hace lo mismo en sentido contrario, si no, no tendría sentido.

Pero es que mi bicicleta es muy especial, es bien fea, es vieja, viejita, peo eso si, sólida como un tractor, es algo parecido a un tanque de guerra, pero con pedales, tiene apariencia de que está construida con desechos de barcos holandeses de la II guerra mundial, eso es lo que la hace tan dura. Para que se hagan una idea, imagínense el tipo de bicicleta es, que se frena dándole a los pedales hacia atrás, esto es absolutamente primitivo, pero funcional cuando uno se acostumbra. Eso si, aunque tenga mas años que el pan, rueda suavecito, como si la hubiera comprado ayer. Ahh y además es grande, que grande, ¡Es enorme¡ Imagínense si es grande que no es rin 28, sino rin 28 y pico largo, que ya es decir, como dijo Platón: “Barco grande, ande o no ande”, aunque este aún anda y anda bien. Eso si, hay que reconocer que tiene algo bonito, y es su gran manubrio cromado y gigantesco, con el que se maneja tan cómodamente que parece que se estuviera conduciendo un Cadillac Eldorado del año 1956.


Tengo que aceptar, que esta cosa con pedales, tiene un noseque, un encanto especial, es algo indescriptible, es algo místico, a mi, esta bici me parece que hubiera sido ideal para haber transportado a Mahatma Ghandi en su gesta de independencia y paz. Yo particularmente, cuando la manejo me siento muy bien.

Es una Oma Fiets o sea en cristiano, “bicicleta de la abuela”, así se llama este tipo especial de bicicletas, que desde hace un montón de años que existen, aún se fabrican y se venden muchísimo, la marca en particular de esta es Unión, muy antigua y reconocida, es Made in Holland, como los quesos, los tulipanes, los molinos, las vacas y las ranas.

Un detalle interesante, es que no tiene color definido, es una mezcla de negro con amarillo pollito, pero atigrado, este es un truco que generalmente usan los estudiantes, camuflar las bicicletas pintándolas aldescuido, para que no llamen mucho la atención y así minimizar las posibilidades de ser víctimas de los ladrones de bicis, que los hay y muchos.


Pero lo mas interesante de mi bicicleta es que tiene un cuento, si en serio, bueno eso fue lo me dijo el que me la vendió, que es un cocinero amigo mío que trabajaba en el restaurante, que además me la trajo expresamente desde Ámsterdam, no, no manejándola ¡Claro!, sino en tren. Él me contó que se la había comprado a un amigo suyo ingeniero, y que la había usado durante toda la carrera, para ir y venir de la universidad y claro, también para desplazarse a las juergas y todas esas cosas buenísimas y divertidas, que hicimos todos nosotros cuando estudiábamos en la universidad, fácilmente pudiera decir este amigo ingeniero, ¿Qué sería de mi si esta bicicleta hablara?

Pero el cuento no termina allí, si, pues resulta que él no fue el que la compró, sino que la bicicleta fue primero de su abuela, que se la regalo a él, después de usarla a discreción, un montón de años, claro y aquí es donde ya el cuento ya toma dimensiones históricas, pues si saco la cuenta, es posible que por la medida chiquita el vehículo bicíclico en cuestión, pueda llegar a tener más de 50 años. O sea que edad, personalidad y kilómetros rodados si tiene mi bicicleta.

sábado, septiembre 06, 2008

Que bien te ves hijo mío

Yo estoy seguro que de que aquellos siete simpáticos, gentiles y asiduos lectores que tenía hace un tiempo atrás, ya se habrán olvidado de este Peor es nada, claro, es normal, no hay de que extrañarse, pues este blog se ha vuelto como la canción aquella: “Un periódico de ayer”. O sea, No News / No Life, como diría un comunicador por allí.

Empecé a exigirme mucho, y todo empezó a cambiar de sentido, lo que se inició siendo una actividad lúdica, poco a poco terminó convirtiéndose en un compromiso, no he sabido mantener el blog como algo divertido, que me permitiera seguir escribiendo sin que fuera una obligación agobiante.

A mi me encanta el verbo bloquear, el problema es que es un verbo que involucra diversas acciones, donde escribir, forma parte de un conjunto integrado por la lectura, el seguimiento y el comentar en otros blogs, todo eso exige tiempo y dedicación y a mi ahora me escasea lo primero, para no dejarme hacer lo segundo.

Bueno, no les prometo nada, pero haré mi mejor intento, para que, sin las pretensiones que me separaron temporalmente de este mundo, intente reconquistarlo, estoy seguro de que será divertido.


Blogging again

Muy bien podría este blog llamarse “Sin tren no hay cuento” o Aventuras en el Chuchu, aunque pensándolo bien, el nombre que ya tiene, ahora mas que nunca, adquiere su real significado, pues con lo poco que he venido escribiendo en los últimos tiempos, y el abandono en el que lo he tenido, bien podría ser peor, nada.

No es que mi vida se centre en ese medio de transporte, que dicho sea de paso ha perdido mucho del romanticismo que lo envolvía, lo que pasa es que la mayoría de las cosas simpáticas que me ocurren, suceden aquí, en el caballo de hierro. Yo concluyo que en el tren se goza un montón.

Baarn es una ciudad muy bonita, que me encanta, en la catalogación personal que hago de ella, puedo decir que aquí ingresa al tren, la gente mas bonita de todo el trayecto, posiblemente, alguna vez se enteren de porque digo esto, pues el tema da material para otro post.

El caso es que hace unos días, en esta estación, que además queda muy cerca de mi ciudad, en el tren se montó un señor muy mayor, me llamó la atención lo impecablemente vestido que andaba, no hago este comentario como algo frívolo, sino que me cautivó lo bien arregladito que iba, parecía un Dandy, elegante, alegre y con cancha, con sombrero Borsalino y pajarita, camisa blanca impecable y colonia de gente, en su mano un ramo de flores, que además llevaba con un orgullo que debe ser mencionado.

El asiento a mi lado estaba libre, con calma, se acercó. Se quitó el sombrero, me miró y mientras se disponía a sentarse, me dio una gran sonrisa, como si lo que iba a hacer fuera algo muy divertido, ese gesto amplio, hizo que se me alegrara la mañana, esa alegría y plenitud contagiosa del señor, era una cosa increíble. Me saludo con cortesía y le devolví el saludo como correspondía a su amabilidad.

El tren empezó a desplazarse suavemente por sus rieles paralelos, que convergen en el infinito, me sumergí entre la lectura y los planes, cavilando y enlazando ideas, absorto viendo la lluvia afuera, en eso empiezo a sentir un peso apoyándose con suavidad en mi hombro, yo ya me imaginaba lo que estaba ocurriendo, y para comprobarlo giré con mucho cuidado la cabeza, para no perturbar al anciano, quien delicadamente, como pidiendo permiso, acunó su cabeza en la clavícula dura y poco gentil de mi hombro izquierdo.

Se mantuvo así por un buen rato, a lo largo del trayecto, varias veces se reacomodó, claro, es que tener el huesito ese clavado en la sien, no creo que haya sido muy confortable, pero por la expresión de paz en su rostro, seguro que el señor disfrutaba su sueño, como si estuviera en la mejor cama del mundo, y a mi me daba placer saber que de alguna manera yo era punto de apoyo y garantía de ese reposo.

No lo puedo negar, yo tengo una debilidad especial por las personas mayores, me inspiran mucha ternura, para mi velar ese sueñito, me hacía sentir como el mejor de los boy scout, realizando mi buena acción del día.

Acercándonos a la estación de Hilversum, el tren se balanceó hacia los lados, despertando al señor, quien se reincorporó de su cómoda posición un poco sobresaltado y sorprendido, me imagino, de verse usándome de almohada; enjugándose los ojos dijo: Pardon menier, con su ya característica gran sonrisa, yo le hice saber que no importaba, hizo un gesto de aprobación, ajustó el ramito de flores en el centro de sus dos manos, me miró nuevamente y volvió a brindarme esa sonrisa mezclada con orgullo, haciendo que inmediatamente me imaginara a la estupenda persona que recibiría el bouquet, para mis adentros me decía, “ciertamente la alegría del regalo es del que lo da”, la satisfacción de este señor, me demostraba una vez mas, lo intensamente feliz que se puede ser con las cosas mas sencillas.

Unos se apearon del vagón y otros tantos se movían dentro buscando la mejor ubicación, el tren arrancó y mi amigo, sin pedir permiso y diría yo, hasta con un poco de desparpajo, apoyó nuevamente su cabeza en su almohada metafórica, con gran confort y casi inmediatamente se durmió otra vez. Se dejaba ver muy relajado y yo la verdad, no me atrevía ni a respirar duro, me sentía comprometido a impedir que su sueño fuera turbado.

Cerca de la estación de Ámsterdam Muidenport. A escasos kilómetros, para no decir metros y sonar exagerado, el señor, como si hubiera sido avisado por la alarma de un GPS escondido, se despertó con tranquilidad, miró a un lado y al ver al otro, me vio a mi y me regaló nuevamente su gran sonrisa.

Al detenerse el tren, el señor se paró en el pasillo del vagón, se arreglo la pajarita de lunares, se inclinó un poco para tener mejor visual hacia la estación, buscando a alguien, su emoción fue desbordante al descubrir que allí estaba ese ser tan maravilloso, que tantas ganas tenía de ver, no pude evitar seguirlo con mi mirada, y descubrir a quien lo esperaba, me emocioné mucho al ver que había un joven como de 30 años, vestido de militar, que caminó hacía él con los brazos extendidos, listo para darle un gran saludo, justo al frente de mi ventana, se juntaron en un abrazo intenso e irrepetible, se separaron para reconocerse un poco, el joven tenía los ojos rojos por el esfuerzo de evitar llorar y el señor, como todo un caballero fuerte y valiente simplemente le dijo: ¡Que bien te ves hijo mío!